A veces

A veces, la distancia entre la cama y el baño es mucho más grande.
A veces, el tiempo de llegada es mucho más largo.
A veces, las luces de la casa están más apagadas.

A veces, el silencio de los vivos me suena a cementerio.
A veces, las paredes me hablan.
A veces, el espacio me mira.

Siempre, esas presencias expectantes a un encuentro conmigo.

Algunas veces, me lanzo valiente de la cama y asesino fantasmas a diestra y siniestra.
Levanto la frente y al final del camino me miro al espejo y sonrío.
Llegada triunfante. Una palmada en mi propia espalda.
Hemos vencido.

Algunas veces, sin tantas fuerzas, no puedo sola y lo admito.
Te pido ayuda y no oigo respuesta. Estás dormido.
Estiro la mano para despertarte y despierto yo.
Me abrazo y me digo que no pasa nada. Que yo me cuido.
Puede que siempre haya sido yo la que dormía conmigo.

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Me pongo a escribir por el hecho simple de que tengo la opción en mis manos y nada más interesante para hacer. Me gustaría saberme con miles de cosas que ocupan mi tiempo, con mil actividades, como fue siempre. Pero en este momento me hallo sola y mis opciones no son más que estudiar esa materia que nunca se aprueba o acostarme y mirar esta pantalla en blanco. Esta pantalla en blanco está tan vacía como esas hojas con palabras que no entiendo y como mi casa ahora y cada vez que me faltan.
La paz es un poco cruel a veces. La hipocresía de la madre que dice no querer pasar un minuto sin sus hijos no va conmigo. No acepto el sentimiento de necesitar alejarme a veces, pero no puedo hacer más que admitirlo y dejarme enredar por la culpa. La presencia constante me excede en todo sentido, me agota y me ahoga en el deseo del silencio y la quietud. Y cuento a veces los instantes, yéndome yo antes de tiempo en la consciencia, estando ellos aún con sus cuerpos. Sus cuerpos pequeños, sus rostros inocentes, sus voces que reclaman mi atención continua. Y yo, sin embargo, yéndome.
Después llega la ausencia real y esa paz que tanto duele. No tengo otras miles de cosas porque están ellos. No quiero otras miles de cosas, porque están ellos. Y todo lo que me ocupa el resto del tiempo, en realidad ya no lo quiero. El silencio y la quietud, lejos de ser pacíficos, se acompañan de las ideas de todo lo que sé que hago mal y no corrijo, y de todos los abrazos que no recibo.
No, no estoy siendo hipócrita. Ya admití el deseo de alejarme. Y admito también el dolor que provoca cumplirlo. Porque no poder ver la imagen exacta que están formando en este instante, duele. Porque no saber si sus ojos están abiertos o ya duermen, duele. Porque no tener que pedir algo de paz, duele. Porque de pronto puedo darme cuenta de lo que significa extrañar. Porque el tiempo de no estar presente me aplasta. Porque el sonido de sus risas es lo único que tiene sentido.  Porque a pesar del cansancio y de lo absurdo que suena, elijo llamarme “mamá” por sobre todos mis nombres.

Me encontré así 

en el abrazo más vacío

formado por mi único cuerpo. 

Sola me abrazaba,

sola, tan lejos de lo externo. 

El ser humano me ha vuelto tan extensa

que sólo yo puedo entrar en tanto espacio. 

Sólo yo, 

conmigo sola,

con lo propio de mí,

lo que me forma

que es también lo que me disuelve,

que es también lo que me crea

única y mía,

persona propia,

primera persona, 

primera y última. 
Y los demás jamás existen entre tanto espacio.

El ser humano se ha vuelto uno. 

De especie ha caído a ser objeto. 

Único. 

Uno solo. 

El ser humano, 

y yo estoy después. 

Lejos de su forma, 

lejos de su materia. 

No pude ser humana nunca, 

ni siquiera en el objeto. 

No conté con el privilegio de la pertenencia. 
Sí, estoy lejos. 

En otro concepto del ser. 

En otro estado, 

quizás material, 

quizás aún más lejos. 
El abrazo está completo, 

no hay ausencia de materia. 

Estoy completa en mi existencia única. 

Y aquello que parezca haber entrado

en esta misma realidad, 

en este tiempo, 

no me pertenece. 

Erguidas con los torsos de piedra, 

con los ojos de vidrio. 

Yo de pie frente a tu rostro

que no es más que el rostro mismo

que he portado en todo mi tiempo. 

La risa en su estado más ausente, 

mi risa. Tu risa

en su estado más extenso. 

Mi propia boca riéndose de mí,

yo simplemente la observo. 

Estos encuentros mortales, 

agonías a las que acostumbro. 

Frecuentados con ansias por vos, 

por mí. Por las dos. 

Tan solo por saber si es aún el mismo rostro,

por dispararnos insultos de pólvora y odio. 

Tan solo por el momento orgásmico 

de escupirnos la muerte a los ojos. 

Me escondo en el sueño enseguida

cuando en mi tiempo se termina el sentido

y se acaba, por fin, el encuentro.

Cuando, agotada, me incrusto en el pecho

la pregunta que nunca contesto:

¿Tengo para esta existencia

al menos un fundamento?

Enterate.
No te duermas.
Este silencio no hace más
que darle el lugar de quererte.
Callate.
No te acerques.
Dejalo que se olvide de que hay huecos.
Dormite.
No te sostengas.
Que te sepa consciente de su presencia
en tu elemento frágil.
Movete.
No te detengas.
Corriendo se combate la distancia.
Relajate.
No te niegues.
Hoy te abraza entre medio de las balas.

Si tu intento es escaparte de mí, deberías saber que llevo la forma de tu sombra, que en mi abrazo opaco e inconstante está tu único refugio, que soy tan verdadera e intocable como el cuerpo desnudo de las mujeres que te desvanecen. Si tu intento es escaparte de mí, deberías entender que el amor que te cedo te obliga a ser mía entre el silencio y hasta tu muerte, si es realmente la muerte el final total de tu presencia.
¿Qué es, sino mi rostro, la mancha oscura del fondo del café que estás tragando en este instante? Estoy ahí, en el café y en el espacio izquierdo de tus huesos costales y tu lecho desierto. Soy el brazo y la manta húmeda que te rodean, te desvelan y amordazan cada noche. Soy la sal que espera al agua en cada uno de tus lagrimales. Soy el sexo con aquellos opuestos que no pueden más que lavarte la sangre. Soy tu poesía más triste y esa insania que te acalla.
Si tu intento es escaparte de mí, deberías verte ante el espejo en el despojo de tus telas y en tus ataduras de pies y manos. En el espejo soy yo y nadie más la silueta detrás tuyo que sostiene tu pelo y te tapa la boca. Soy yo quien te mantiene de rodillas en el suelo frío, irradiando desde tus pieles el calor sangrante. Soy yo tu refugio y tu única acompañante. Soy yo, en un nombre de mujer entre medio de tus cuerpos. Soy la soledad que te mira a los ojos proclamándose eterna.
Nada quisiera más que ponerle un nombre a esta fusión que duele más que cualquier otra estructura del amor. Nada quisiera más que darle forma a esto que nos ata. Pero, ya ves, a veces puedo ser un poco abstracta.

Otra vez esa manía de quebrar mis huesos,
los huesos del tórax que pretenden mantenerme intacta,
que no entienden que lo corrosivo lo gesto en su centro.
Otra vez entre autopsias,
entre mutilaciones,
entre órganos desgastados,
moribundos.

Si pudiera evitar que entres
te ahorraría la experiencia desagradable
de ver en negro lo que era rojo,
del contacto con la baba de un cuerpo en descomposición,
de sistemas anatómicos enredados,
de fisiologías obsoletas.

Arrancando partes
sólo se extiende el tiempo.

Rompo mis huesos del tórax
para que puedas salir cuanto antes.